4. CURIOSIDADES QUE QUIZÁS NO CONOCÍAS - DINOSURIOS

¡Los dinosaurios dieron su vida por ti! ✝️ La extinción de los dinosaurios, un evento fortuito, permitió la evolución humana y, por ende, la existencia de las religiones. La ciencia nos dice que los dinosaurios desaparecieron por el impacto de un asteroide hace 66 millones de años. Esto creó un vacío ecológico que permitió a los mamíferos prosperar, incluyendo a nuestros ancestros. Si no fuera por este evento, los humanos no existirían, ni tampoco la idea de "Dios". Nuestra existencia es fruto del azar, no de un diseño divino. En vez de creer en mitos, valoremos la Tierra y cuestionemos nuestras creencias.

 


Dinosaurios
¿Los dinosaurios dieron su vida para que “Dios” existiera?

 Los cristianos suelen decirnos que Jesús dio su vida por nosotros, y eso, por absurdo que sea, a millones de personas les parece muy lógico. Pero ¿decir que los dinosaurios dieron su vida por “Dios”? – Vamos, eso sí que suena muy raro. Sin embargo, veamos los hechos: La Enciclopedia de la vida, EOL, por sus siglas en inglés, calcula que se han descubierto 1,9 millones de especies vivas en nuestro planeta, aunque se llega a calcular que podrían existir unos 8,7 millones o más. Entre todos estos seres vivos, sólo una especie que apareció hace sólo 230.000 años, la Homo sapiens-sapiens, desarrolló como una herramienta evolutiva el concepto de “dioses”. Tampoco los millones de especies que existieron antes del ser humano desarrollaron esa creencia. De lo que puede inferirse que, de no existir el ser humano, en la Tierra existiría la vida en su plenitud, sin que existiera ningún “Dios”.

 

Pero, por otra parte, la existencia del ser humano en nuestro planeta fue debido a una circunstancia completamente fortuita: a que se extinguieron los dinosaurios. En efecto, según la ciencia, definitivamente los humanos nunca fueron contemporáneos a los dinosaurios, como los caricaturistas y algunos cristianos suelen representarlo, sino que para que los humanos existiéramos, tuvieron que extinguirse los dinosaurios. De modo que, si la existencia de los dioses depende de la existencia del ser humano, entonces la existencia de los dioses dependió de la extinción de los dinosaurios.

 

Veamos lo que ocurrió: hace aproximadamente 66 millones de años, nuestro planeta experimentó uno de los eventos más catastróficos y significativos de su historia, la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno. Este evento fue provocado por el impacto de un asteroide de unos 12 kilómetros de diámetro, que liberó una cantidad de energía equivalente a la detonación simultánea de varios millones de armas nucleares. Las consecuencias de este suceso fueron devastadoras y cambiaron el curso de la vida en la Tierra de manera irreversible.

 

Se cree que el impacto del asteroide ocurrió en lo que hoy es la península de Yucatán en México, creando el cráter de Chicxulub, en una colisión que generó ondas de choque y calor inmensas, provocando incendios forestales globales y liberando grandes cantidades de polvo y aerosoles a la atmósfera. Este material en suspensión bloqueó la luz solar durante meses o incluso años, desencadenando un invierno de impacto que redujo drásticamente la fotosíntesis y colapsó las cadenas alimenticias. Además, la atmósfera se llenó de dióxido de carbono, dióxido de azufre y otros gases tóxicos, causando lluvias ácidas y contribuyendo al calentamiento global a largo plazo. La combinación de estos factores resultó en la extinción de aproximadamente el 75% de las especies de plantas y animales, incluyendo a todos los dinosaurios no aviares.

 

Pero resulta que el vacío ecológico dejado por la extinción masiva permitió que los mamíferos, que hasta ese momento habían vivido a la sombra de los dinosaurios, prosperaran y se diversificaran, y entre ellos, una línea evolucionó hasta convertirse eventualmente en los primates, de los que surgió el Homo sapiens.

 

De más está decir que toda esta cadena de eventos fue completamente fortuita. El impacto del asteroide y sus consecuencias no fueron guiados por ninguna mano divina, sino por las leyes impersonales de la física y la química. Y la evolución humana fue una de las muchas posibles consecuencias de este evento, por lo que nuestra existencia no es el resultado de un diseño premeditado. Así que la idea de que los humanos somos una especie especialmente creada y favorecida por “Dios”, y que el universo entero fue creado para que nosotros pudiéramos existir, se desmorona ante la realidad de la extinción del Cretácico-Paleógeno. Nuestra existencia es sólo una consecuencia contingente de un accidente cósmico. De no haber ocurrido el impacto, o de haber sido sus efectos diferentes, muy probablemente los seres humanos no hubiéramos evolucionado, y otra especie no humanoide habría llegado a dominar el planeta. Una especie que podría haber desarrollado inteligencia, conciencia y tecnología.

 

Pero lo más interesante es que de haber evolucionado otra especie hasta alcanzar un alto grado de inteligencia, no existe ninguna garantía de que hubiera desarrollado el pensamiento mágico-religioso que caracteriza al Homo sapiens, siendo sumamente probable que, así como los otros millones de especies que existen y han existido, fuera una especie dominante atea, sin creencias en lo sobrenatural ni en una vida eterna, y sin conceptos de pecado, culpa o temor a ninguna “fuerza sobrenatural”. Aunque también, alternativamente, una especie no mamífera dominante podría haber desarrollado una visión de un dios acorde a su propia imagen, distinta del dios humanoide descrito en textos como la Biblia. Por eso desde la antigua Grecia el filósofo del siglo VI AEC Jenófanes de Elea, atacaba el antropomorfismo con que los hombres describían a sus dioses, afirmando que los bueyes tenían el mismo derecho a representar a sus dioses con forma de buey.

 

Así que, más que pensar que “Jesús dio su vida por ti” resulta más realista pensar que los dinosaurios dieron su vida por ti. Pero también, lamentablemente, dieron su vida para que existieran los dioses en nuestro planeta. Como seres humanos, podemos sentirnos agradecidos más bien por el azar, por el hecho fortuito de que un asteroide haya impactado la Tierra, creando las condiciones que permitieron nuestra evolución. Pero en todo caso es fundamental reconocer que nuestra existencia es más bien el resultado de una serie de eventos azarosos, sin ningún propósito o diseño divino detrás. Esta comprensión no sólo subraya nuestra responsabilidad de cuidar el planeta que habitamos, sino también de cuestionar y reflexionar críticamente sobre las creencias y narrativas que hemos construido a lo largo de nuestra historia.

 

La extinción masiva del Cretácico-Paleógeno nos recuerda que la vida en la Tierra es producto de la casualidad y la selección natural. La idea de que somos una especie privilegiada, especialmente creada y favorecida por “Dios”, es insostenible ante la evidencia científica. En lugar de buscar consuelo en creencias sobrenaturales, deberíamos abrazar la realidad de nuestro origen fortuito, y trabajar juntos para asegurar un futuro próspero para todas las formas de vida en nuestro planeta.

 

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